PRÓLOGO
Carta a Edna Iturralde
Por Jorge Dávila Vásquez
Querida amiga:
He leído con admiración tus
cautivadores relatos, donde exploras con sensibilidad los conflictos del mundo
actual y las diferentes culturas. Tu habilidad para adentrarte en el alma de
los personajes, especialmente de los niños y jóvenes, es notable. Tu trabajo
literario, impregnado de sensibilidad, refleja tu profundo conocimiento del
entorno y tu destreza en la creación de mundos ficticios que no pierden su
conexión con la realidad.
En "Cuando callaron las
armas", destacas el estudio meticuloso de los personajes, resaltando sus
virtudes y debilidades, sus miedos y esperanzas. La historia titular, con
Fátima y Sara, cautiva con su relato sobre el amor y la solidaridad en medio de
la guerra. "Mariposas" resalta por la madurez y heroísmo de Ahamed.
"Unos segundos más de vida" evoca sentimientos profundos a través de
la música y la vida. "Cumplir con una misión" es un milagro de amor
en un contexto de fanatismo. "Puentes" celebra la pureza y la
capacidad de los niños para superar barreras. "La magia del león" es
un estudio del carácter humano y la solidaridad. "Pirámides" emociona
con la actitud indómita de Wol Bol.
Tu obra, que deja una huella
imborrable en quienes la leen, refleja tu pasión por explorar lo mejor y lo
peor de la condición humana, y es un testimonio de tu maestría en el arte de
contar historias.
Con admiración,
Jorge Dávila Vásquez
CAPITULOS
Cuando callaron las armas
(Israel y palestina)
Fátima, una mujer de mediana edad, se mueve con tranquilidad por las calles, vistiendo una gabardina oscura y con un pañuelo negro cubriéndole la cabeza. Un sentimiento de preocupación la embarga al recordar los recientes sucesos en territorio israelí y en su vecindario palestino. Al llegar a la residencia de su estudiante de piano, Sara, quien usa una silla de ruedas, deciden compartir un momento de música juntas. A través de esta expresión artística, encuentran un respiro de paz y unión en medio del conflicto, demostrando que, incluso en momentos de guerra, la conexión humana y la música pueden ofrecer consuelo y esperanza.
La atmósfera dentro de la habitación cambia a medida que las melodías del piano llenan el espacio, momentáneamente desplazando el estrépito de la violencia exterior. La música se convierte en un refugio reconfortante para estas mujeres que han sido testigos del sufrimiento y la tragedia. La presencia de la señora Rosemberg, también viuda debido al conflicto, fortalece el vínculo entre ellas. A pesar del peligro que acecha afuera, dentro de ese pequeño espacio surge un oasis de serenidad y esperanza.
Los acordes musicales resuenan, uniendo a estas mujeres más allá de las diferencias políticas y religiosas que las separan en el mundo exterior. Por un breve instante, el conflicto parece desvanecerse, eclipsado por la belleza de la música y la fuerza de su unión. En ese momento, reconocen que, mientras exista música y solidaridad, siempre habrá una chispa de esperanza brillando en la oscuridad de la guerra.
Mariposas
(Afganistán)
La casa de campo en la región de Nuristán, Afganistán, era un refugio estricto pero acogedor para Ahamed Abedy y su familia. Descendientes legendarios de Alejandro Magno, vivían en una vivienda de piedra con mobiliario escaso pero funcional. El lugar era un testamento de su linaje y resistencia en medio de las montañas del Hindu Kush.
Ahamed, un niño de once años con ojos azules profundos, regresaba de la escuela coránica con preocupación por las minas terrestres que los aviones de guerra habían esparcido en los campos. Su deber era proteger a sus hermanas de estos peligros mortales, una carga que pesaba sobre él en un ambiente ya tenso por el conflicto en curso.
Mientras se preparaba para rezar, Ahamed escuchó el zumbido de los aviones y el repiqueteo de las ametralladoras. Su devoción religiosa y su herencia legendaria lo inspiraron a continuar, a pesar del peligro inminente. Cuando las bombas de racimo cayeron cerca de su casa, Ahamed corrió para anunciar a sus hermanas, pero se encontró jugando con ellas entre las mariposas amarillas y resplandecientes, un momento de efímera belleza en medio de la guerra y el caos.
En ese instante, Ahamed se sintió momentáneamente liberado de las preocupaciones y el miedo que los amenazaba. La inocencia de sus hermanas, su risa y la belleza de las mariposas le recordaron la importancia de encontrar la alegría y la esperanza incluso en los momentos más oscuros. A pesar de los desafíos y peligros que enfrentaban, estos momentos simples y preciosos les recordaban la fuerza del vínculo familiar y la belleza del mundo que los rodeaba.
Unos segundos más de vida
(Colombia)
Las loras cabeza-azul llegaron en grupo a posarse en las ramas de los árboles, marcando la hora en el bosque húmedo tropical. Jairo, un joven soldado, detuvo su tarea de limpiar el fusil y observó las aves, sonriendo ante su algarabía mientras se preparaban para dormir.
La noche cayó rápidamente, acompañada de una brisa fresca. Tres focos amarillos se encendieron en el portal de una casa cercana, destinados a ahuyentar a los mosquitos. Jairo, sentado junto a su fusil, aplicaba aceite mientras recordaba a su madre y su máquina de coser. Jairo admiraba su K47, un arma que había recibido recientemente al unirse a los combatientes en la Serranía de San Lucas, en Colombia. Después de la muerte de su padre, se había unido al grupo de insurgentes en un conflicto complejo entre varias facciones armadas.
Mientras practicaba con su fusil, dos compañeros surgieron entre la vegetación, intercambiando bromas. La conversación giró en torno a experiencias amorosas, sacando a relucir recuerdos y risas entre los jóvenes soldados. La música de la radio se filtró entre los árboles, evocando nostalgia en Jairo y desviando temporalmente su mente del conflicto que lo rodeaba. Pero pronto, la realidad volvió a imponerse mientras consideraba las difíciles decisiones que enfrentaba.
Cumplir con una misión
(Checheinia)
Raisa Shabalkun, una joven chechena, no toleraba el olor del ajo a pesar de que en su cultura el ajo era muy apreciado, tanto en la comida como en su forma cruda. Recordaba las historias de su abuela sobre cómo el ajo ayudaba a ahuyentar a las fieras en las montañas donde vivían sus antepasados. Mientras preparaba djirdigish, un plato tradicional, para las visitas que esperaban, Raisa se sentía ansiosa por su falta de habilidades culinarias. Sin embargo, se aferraba al consejo de su abuela de que el trabajo ahuyentaba la tristeza. Raisa, junto con su madre, era una de las pocas sobrevivientes de una familia extensa que había sido diezmada en el conflicto armado. El recuerdo de su padre y hermanos fallecidos la llenaba de dolor.
Durante la preparación de la comida, Raisa reflexionaba sobre las instrucciones de su abuela y los recuerdos de su infancia. La llegada de visitas, en su mayoría viudas y ancianos, traía consigo conversaciones cargadas de tristeza y gestos de solidaridad. Después de que las visitas se marcharon, Raisa descubrió una canasta con explosivos, un regalo inquietante dejado por dos mujeres desconocidas. Se dio cuenta de que su madre tenía la intención de realizar un acto de violencia.
Decidida a evitar la tragedia, Raisa confrontó a su madre y se negó a dejarla sola. Juntas, decidieron deshacerse de los explosivos y huir del peligro. Dos días más tarde, llegaron a un campo de refugiados en Ingushetia, donde se reunieron con la abuela de Raisa. En ese momento, Raisa comprendió que su madre le había devuelto el futuro y ella había restituido la esperanza a su madre.
Puentes
(Bosnia)
Amanecía, y en el horizonte oriental las montañas se recortaban contra un cielo violeta pálido, mientras el sol emergía entre las nubes como un huevo de Pascua amarillo. Un grupo de personas, principalmente mujeres y ancianos bosniaks, caminaba hacia Kozarac, su antigua ciudad en Bosnia-Herzegovina, llevando consigo sus escasas pertenencias. El viento recordaba persistentemente el invierno, a pesar de la primavera que se anunciaba. Este grupo, los primeros en regresar tras años de prisión en Trnopolje, se movía con cautela, no tanto por el cansancio físico, sino por los recuerdos que pesaban en sus corazones. Kozarac, una vez próspera y armoniosa, había sido devastada por la guerra entre bosniaks y serbios, antaño vecinos ahora divididos por el conflicto étnico.
Cima Softiz, entre ellos, ansiaba llegar a su tierra natal, donde el recuerdo del perfume de petunias y la promesa de un nuevo comienzo la impulsaban. Mientras tanto, en Kozarac, los serbios celebraban la Pascua en una iglesia adornada, mientras uno de ellos, Misho Raduviz, reflexionaba sobre el retorno de los bosniaks y las tensiones que ello conllevaba. La llegada inminente de ambos grupos generaba expectativas y temores.
Al aproximarse a la ciudad, tanto los bosniaks como los serbios se encontraron en un prado verde. El desconcierto y la falta de palabras marcaban el encuentro, hasta que un gesto sencillo de un niño rompió el hielo. La risa fresca y contagiosa de los niños finalmente logró abrir brechas en la barrera del silencio y la desconfianza, tendiendo puentes entre antiguos enemigos. Mientras los adultos se reconocían con timidez y sorpresa, Misho tenía una epifanía: los niños habían construido puentes donde los adultos no podían. Así, entre risas y huevos de Pascua compartidos, comenzaba un nuevo capítulo en la historia de Kozarac, donde la esperanza y la reconciliación parecían posibles, aunque el camino hacia la verdadera convivencia aún fuera incierto.
La magia del león
(Liberia)
En medio de la guerra civil en Liberia, Bolay Deddah emerge como líder de un grupo de jóvenes soldados apodados los Diablos Rojos. Para protegerse en combate, practican rituales mágicos que Bolay lidera con convicción. Elizabeth Dokie, entre los niños reclutados a la fuerza, comienza a cuestionar la eficacia de esta magia ante la realidad de la violencia. Ella recuerda el reclutamiento forzado y las promesas vacías de protección por parte de los adultos.
En un intento por demostrar la efectividad de la magia, Bolay realiza un ritual donde corta levemente a un niño y utiliza su sangre para untar sus propios pechos, imitando la garra de un león. Sin embargo, Elizabeth sigue escéptica y se pregunta sobre el verdadero propósito de la lucha y la validez de la magia en medio del caos.
Durante un ataque sorpresa, los niños son utilizados como señuelo y son abatidos por el fuego enemigo. Elizabeth logra sobrevivir y, en un acto de valentía impulsado por la necesidad de respuestas, sigue a Bolay en su escape. Mientras huyen, reflexionando sobre la guerra y la incertidumbre de la magia que una vez les prometió protección. En un mundo donde la violencia y la desesperación son la norma, Elizabeth busca comprender su propia realidad y el significado de la magia en un contexto tan cruel.
Pirámides
(Sudán)
En Sudán, la vida de Wol Bol, un niño dinka, da un vuelco cuando es secuestrado por árabes del norte y forzado a vivir como esclavo bajo el nombre de Wol Bol. Reside con la viuda Issa Ahmed y sus hijas, enfrentando maltratos, pero manteniendo su identidad oculta. Durante su cautiverio, establece un vínculo especial con la hija mayor de Issa, quien le ofrece consuelo y le enseña sobre las antiguas pirámides de Menroe, destacando su importancia cultural y espiritual.
Después de seis años de sufrimiento, Wol Bol logra escapar y regresa a su pueblo, donde se reencuentra con su familia y recupera su verdadero nombre. Decide compartir su experiencia con entrevistadores, quienes descubren un testimonio escrito de la hija de Issac, confirmando la dureza de la esclavitud infantil durante la guerra civil. Este documento proporciona una prueba contundente de los horrores que muchos niños como él enfrentaron en manos de sus captores.
Wol Bol agradece profundamente al escribano Ishmael por brindarle la oportunidad de contar su historia con libertad y autenticidad. Reconoce que, a pesar de los años de sufrimiento, ha logrado preservar su nombre y su espíritu, encontrando fuerza en su identidad y en la valiosa conexión que compartió con la hija de Issa. Su testimonio se convierte en un símbolo de resistencia y esperanza para aquellos que han sufrido injusticias similares durante tiempos de conflicto.
La carta
(Ruanda)
Janette Kamilindi se sumerge en la carta de su padre, un preciado testimonio de los horrores que vivieron hace doce años en Ruanda. Rememora con dolor la noche de terror cuando, en medio del conflicto étnico entre hutus y tutsis, su familia se vio obligada a refugiarse en una iglesia. Sin embargo, la supuesta seguridad se desvaneció cuando soldados hutus irrumpieron, traicionando cualquier atisbo de confianza al condenar a muerte a todos los presentes.
Aunque Janette logró escapar con la ayuda de su valiente padre y fue enviada al extranjero para salvaguardar su vida, las cicatrices emocionales de aquella noche persisten. Ahora, de regreso en Ruanda, siente el peso del pasado mientras busca desesperadamente un camino hacia la reconciliación y la paz.
En medio del caos y la desesperación, encuentra destellos de esperanza en los esfuerzos por establecer un alto al fuego. Las iniciativas que reúnen a grupos opuestos para compartir alimentos y dialogar representan un atisbo de luz en la oscuridad de la división y el conflicto. A medida que contempla el incierto camino hacia la paz, una imagen la reconforta: la de una niña jugando en la calle con determinación y alegría, un símbolo viviente de la nueva generación africana. En los ojos de esa niña, Janette encuentra una chispa de esperanza y renovación, una promesa de que el futuro puede ser diferente.
Con esta visión en mente, Janette avanza con determinación hacia un futuro de paz, dejando atrás los fragmentos del pasado representados por los trozos amarillentos de la carta que se desvanecen lentamente a su paso. Su corazón está lleno de esperanza, su espíritu fortalecido por la convicción de que, aunque el camino sea largo y difícil, la paz y la reconciliación son posibles en Ruanda.
Aleluya
(Irlanda del Norte)
Michael O'Connor, un niño de once años de Belfast, se prepara para un juego de fútbol en el estadio, llevando consigo tanto su violín como un balón nuevo. La convocatoria, inusual para su madre, genera sorpresa, pero también intriga. A pesar de la llovizna persistente, Michael llega al estadio con determinación, consciente de que el juego se llevará a cabo independientemente del clima, ya que jugar bajo la lluvia es algo común en su comunidad.
Al llegar al estadio, Michael se encuentra con compañeros conocidos y desconocidos, incluyendo algunos protestantes, lo que crea una atmósfera tensa entre ellos. Aunque inicialmente reacios a interactuar, pronto se ven obligados a unirse en el campo de juego por las entrenadoras, dos mujeres que buscan promover la paz en Irlanda del Norte a través del deporte. La presencia de estas entrenadoras y su objetivo usual de unidad y concordia marcan un punto de inflexión en la actitud de los niños. A medida que los equipos se forman y se preparan para el juego, los niños luchan contra sus prejuicios y estereotipos arraigados. Sin embargo, a medida que avanzan en el partido, comienzan a darse cuenta de que tienen más en común de lo que pensaban.
La rivalidad inicial se transforma en camaradería y cooperación a medida que se enfrentan en el campo, compartiendo risas y celebrando tanto los éxitos como los errores. Durante la práctica, un momento inesperado de conexión surge entre Michael y Sean, dos líderes opuestos en sus respectivos equipos. Ambos son violinistas talentosos y deciden desafiar amistosamente sus habilidades musicales antes del partido. Esta competencia amistosa no solo sorprende a los demás, sino que también abre una ventana a la comprensión mutua y el respeto entre los dos grupos.
El juego empata, pero en vez de avivar la rivalidad, este resultado impulso el cambio. Las entrenadoras, motivadas por los niños, optan por formar un equipo unido, marcando un paso hacia la reconciliación entre comunidades antes divididas. A pesar de las dudas del periodista, las entrenadoras demuestran que el éxito radica en superar divisiones y fomentar la unidad. Su apoyo y visión transforman el juego en un ejemplo de cómo el deporte puede promover la paz en una sociedad fragmentada.
La medalla de oro
(Irak)
Cuando Jalal al-Samarai entró en la bodega donde su hermano mayor, Ibrahim, se encontraba entrenando con pesas, fue recibido por un inconfundible olor a quemado. Descubrió que una poción se estaba incendiando en la cocina, lo que provocó que su hermano menor, Jalal, sufriera quemaduras al intentar controlar el fuego. Ibrahim, recordando su pasado en un régimen opresivo, se sobresaltó al escuchar los lamentos de su hermano. Este incidente llevó a una conversación sobre sus esperanzas de participar en los Juegos Olímpicos representando a Irak, a pesar de las difíciles circunstancias y los recuerdos dolorosos que los perseguían.
Jalal sorprendió a Ibrahim con raciones de comida estadounidense, sacadas de manera ingeniosa. Aunque Ibrahim soñaba con obtener una medalla de oro para su país, sus sentimientos eran complejos debido a las atrocidades que presenció durante la guerra. Más tarde, Jalal compartió una "medalla de oro" simbólica con Ibrahim, demostrando su vínculo fraternal y su deseo de hacer felices a los demás.
Sin embargo, su rutina se vio interrumpida por un atentado con bomba, recordándoles la inestabilidad de su entorno y la vulnerabilidad de sus sueños. A pesar de las circunstancias adversas, su complicidad y esperanza perduraron, convirtiendo un simple trozo de lata en un símbolo de resistencia y fraternidad en medio de la adversidad. Esta historia no solo resalta la fortaleza del lazo fraternal entre Jalal e Ibrahim, sino también la capacidad humana de encontrar esperanza y camaradería incluso en los momentos más oscuros y desafiantes.
Los tigres no tienen alas
(Sri Lanka)
Ganesh, un niño soldado en los Tigres de Tamil, lucha en una guerra civil en Sri Lanka. A menudo tiene un sueño recurrente donde monta un elefante, acompañado por tigres y aves que gritan por libertad. En este sueño, reconoce a su hermana Malathi, quien desapareció tiempo atrás. La historia detalla la situación política y cultural en Sri Lanka, donde la división entre tamil y sinhala ha llevado a un conflicto armado prolongado. Mientras Ganesh se despierta con síntomas de enfermedad, recuerda su ingreso en los Tigres tras la muerte de su padre y hermanos mayores. Su hermana, Malathi, también lucha en un grupo rebelde, las Aves de Libertad. Ambos se preguntan por la supervivencia del otro mientras enfrentan los peligros de la guerra.
Un día, Malathi se encuentra en una emboscada del ejército. Después de un intenso tiroteo, escapa y se refugia en la selva. Mientras tanto, Ganesh y sus compañeros son atacados en su campamento. Luchan valientemente, pero son superados en número. Ganesh se desmaya al intentar salir de la cabaña. Malathi, cerca del río, encuentra una manada de elefantes. Sorprendentemente, la líder del grupo la acepta y la lleva consigo. Más tarde, Ganesh despierta sobre el lomo de un elefante, junto a Malathi. A medida que avanzan, recuerda su sueño y comprende su simbolismo de libertad y unidad. Malathi y Ganesh se aferran a la esperanza de encontrar seguridad y libertad mientras viajan en el elefante. A pesar de las dificultades y peligros que enfrentan, su vínculo fraternal y su deseo de libertad los guían hacia un futuro incierto pero lleno de posibilidades.
Eguzki, hija de la tierra
(País Vasco)
En lo más profundo de las
montañas Pirineas, un grupo de mujeres se reunía cada mañana en una cueva
ancestral para encender el fuego que ardía desde tiempos inmemoriales. Con
destreza, una anciana soplaba suavemente las brasas, avivándolas hasta que
cobraban vida y encendían las ramas secas. Aunque dominaban el ritual, temían a
los espíritus malignos que podrían atraer con su llama.
Mientras tanto, una joven madre
aguardaba ansiosa la vuelta de su hijo, quien por primera vez se había unido a
los cazadores. Con el resplandor violeta del amanecer, avistó a los cazadores
regresando con sus presas. Entre ellos, su pequeño hijo, apenas un niño de
cinco años, se destacaba, trayendo consigo una flor amarilla como muestra de su
regreso.
En otra parte, una modesta casa
de piedra en lo alto de una colina recibía a un anciano que, tras largos años
de ausencia, regresaba. Su llegada traía consigo un halo de melancolía y
recuerdos de tiempos pasados. Al notar una flor amarilla caída en el suelo, el
anciano recordó la importancia de colgarla sobre la puerta como amuleto
protector contra los espíritus malignos.
La noche transcurrió entre
conversaciones sobre el idioma vasco y las tradiciones familiares. La
preocupación por los crecientes brotes de violencia en la región se hacía presente
en las palabras de la madre y el abuelo, quienes anhelaban un futuro de paz
para el niño. Sin embargo, antes de dormir, el abuelo compartió con el niño
historias sobre la Luna y el Sol, disipando así sus temores y reconfortando su
corazón inquieto. Fuera de la casa, bajo el resplandor de la luna, el abuelo
reflexionaba sobre el poder del Sol para iluminar incluso los rincones más
oscuros del alma humana. Con una mezcla de nostalgia y esperanza, dio la
bienvenida al nuevo día, guiado por la luz del Sol, hija de la Tierra.
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